Viaje en solitario a Singapur

Después de pasar el primer día recorriendo la ciudad a pie, añadiendo kilómetros a mis pies desentrenados después de mi experiencia en Kota Kinabalu, donde se coge coche hasta para ir a por el pan; el segundo día quería alquilar una bici para al menos descansar sentada mientras recorría la ciudad. Pero amaneció lloviendo así que no me quedó otra que calzarme las sandalias en busca de recorrer aquello que me quedó en el tintero el día anterior.

Empecé por el barrio árabe, coronado por la Mezquita del Sultán y su calle, del mismo nombre y llena de tiendas de telas y alfombras. Bajé por Beach Road cuando me topé con la Biblioteca Nacional, un edificio de 15 plantas espectacular y moderno como lo son todos los edificios altos de la ciudad. Después de subir a lo más alto que pude para ver las vistas me senté un rato a disfrutar de los butacones y recopilando minutos de aire acondicionado antes de salir a la calle, donde la bofetada húmeda está asegurada, incluso después de un buen chaparrón.

Después anduve por la calle comercial por excelencia, Anchor Road. A un lado centros comerciales, uno junto al otro, y en frente, lo mismo. Entré en varios al azar para ver qué diferentes eran unos de otros pero no logré hallar mucha diferencia.

Después de descansar un poco en el hostal salí a ver la puesta de sol desde Marina Beach Sands, pasando por 2 centros comerciales más en los que me llamó la atención una tienda de violines. Un luthier con su preciosa tienda de instrumentos de cuerda entre miles de tiendas de los más modernas y de todo tipo de productos de última generación y a la última moda;  y un gimnasio para niños. Sí, así tal cual. Una especie de chiquipark donde las madres adineradas llevaban a sus hijos a hacer una hora de deporte semanal mientras un hombre les explicaba las bondades de hacer deporte desde que son niños. Una ciudad-estado de los más consumista, tiene que tener eso también.

A pesar de ese consumismo y esa pasión por comprar y estar a la última, se puede ver gente haciendo deporte en las calles, trabajadores que salen de sus oficinas y quedan con sus compañeros para correr por la ciudad, rodeados de edificios de cientos de metros; pero eso sí, con la postal del Barco de Singapur de fondo. Un grupo de mujeres me comentó que ese día habían logrado el record, 5 km desde la oficina hasta donde nos encontramos y querían una foto para que constara en su memoria.

Un buen estado para vivir si no fuera por el calor sofocante.