Nueva York

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En septiembre de 2008 fuimos 7 días a Nueva York de viaje familiar.

Nos hacía mucha ilusión cruzar el charco, al menos a mí, que siempre había querido estar en la ciudad escenario de tantas películas y libros, Woody Allen y Paul Auster bien lo saben retratar.

Recuerdo estar en el metro desde el aeropuerto hasta el centro de Manhattan. Cómo se dibujaba el contorno de los gigantes edificios y cómo se te queda el cuello nada más salir del metro ya en el centro y elevar la vista hasta el final del primero edificio que ves.

Llegamos a Times Square, lleno de luz, gentío, pantallas, música, tiendas; sobre todo eso. Nueva York es un paraíso para los amantes de la compra compulsiva de moda. Los taxis amarillos corren veloces por la Quinta Avenida, y por las paralelas y perpendiculares.

En 7 días tuvimos tiempo de tomar el típico desayuno callejero americano: café aguado en vaso de litro, mega pasta del sabor que quieras, bombas calóricas que ellos parecen no detestar. Energía como para todo el día, pero es imposible no comer en más puestos callejeros: perritos calientes, hamburguesas y todo tipo de comida rápida está al alcance de cualquiera y en casi todas las esquinas.

Visitamos todos los monumentos que en una primera visita a Nueva York no puedes perderte: subir al Empire State; paseo por Central Park y fotografiar a las simpáticas ardillas y al monumento a Elton John; paseo por el barrio del Soho y por China Town; la zona de ejecutivos trajeados que puedes ver desde primera hora de la mañana dirigiéndose a su lugar de trabajo, Wall Street; la zona 0 o Word Trade Center, en la que 7 años atrás descansaban las Torres Gemelas y que ahora es un ir y venir de máquinas y obreros con casco trabajando en la zona para reconvertir esa zona en el símbolo de Nueva York; la Estatua de la Libertad desde el Staten Island Ferry; el puente de Brooklyn y una parada técnica a sus faldas a tomar una cerveza viendo la puesta de sol reflejada en los cristales de los altos edificios; un paseo por Brooklyn; Rockefeller Center, en el que habían colocado una pantalla enorme para transmitir el US Open y que casualmente estaba jugando Nadal; el MOMA; la Catedral de San Patricio y las tiendas de alrededor. La Biblioteca Nacional y el Museo Nacional de Historia, junto a Central Park.

La verdad es que Nueva York me encantó. Lejos de ser una consumista más, me fascinó la diversidad de gentes, lo cosmopolita que es esa ciudad, ejecutivos trajeados con corbata y rastas, gente de cualquier país paseando por las calles, lo grande que es todo, desde las tallas de zapatillas de baloncesto expuestas en las tiendas hasta su parque central y los edificios, la variedad de color de la población. Me gustaría vivir una temporada en esa ciudad.