India

Y al fin llegó el día en el que mi vida da un giro de 180 grados y por muchas casualidades de la vida, o cosas del destino, acabo en la Fundación Vicente Ferrer en la India.

La primera impresión al llegar a Bangalore, después de 9 horas seguidas en un avión rodeada de indios que vuelven a sus casas a pasar el Diwali o de europeos con pintas de hippies cargando sus cámaras para inmortalizar esos momentos que solo India te da, aterrizas medio adormilada, con nervios por si hay problemas con el visado y con ganas de salir a la calle para comprobar esa primera impresión.

Me espera el conductor de la Fundación y me lleva al coche, con un inglés de 3 palabras que mezclado con mi sueño insoportable, hacen del trayecto en coche una lucha por mantener mis párpados abiertos para no perderme el amanecer en la carretera, con un sol de un naranja alucinante y con tonos rojizos en su parte más baja. Me despiertan una sucesión de pitidos que el conductor hace cuando anuncia a alguna bici, moto con 3 o 4 pasajeros, coches, camiones, triciclos… que va a realizar un adelantamiento, que por favor se decida de carril para que pueda pasar.

Un poco más adelante paramos en medio de la nada para tomar un café en lo que sería equivalente a un bar de carretera en España y al llegar a Anantapur veo el primer mono cruzando la carretera a sus anchas, mezclado con perros, con Rickshaw, autobuses y camiones.

Llego al campus 1, me dan la llave de mi habitación y allá voy, a descargar mis cosas y dormir, que necesito tener los ojos abiertos para poder captar todo lo que se me viene encima!

Duermo 4 horas porque no quiero no poder dormir esta noche y voy a comer a la cantina, donde me encuentro con otros voluntarios y visitantes a los que me uno a comer.

Tras mi primer paseo por el campus descubro la alegría y simpatía de los indios al pasar por un parque infantil y ver que se acerca un grupo de 10 niños a hablar conmigo, y a decirme si pueden unirse a mí en mi paseo, a lo que por supuesto digo que sí. Entre risas, malos entendidos y esa sonrisa imborrable deciden que tienen que volver y me dejan con una sensación de bienestar que empezaba a necesitar.

Habrá días duros, lo sé, pero siempre habrá una sonrisa para darme a entender por qué estoy aquí.

Namaste!

Día 1.