Copenhague

A Copenhague fui con mi amiga Marta en enero de 2010. Fueron 3 días de frío, a menos 12 grados, pero así vimos la auténtica capital danesa en pleno invierno. Cogimos un avión a Billund famoso por acoger el parque infantil y acuático de Lego.

El aeropuerto eran pequeño y moderno, con unas cristaleras que no invitaban a salir a la helada calle nevada. Desde ahí cogimos un bus que nos llevaría a Vejle, ciudad más grande al este, desde donde poder coger tren para dirigirnos a la capital, Copenhague.

Nada más salir del aeropuerto comprobamos la amabilidad de la gente, siempre dispuesta a ayudar y una viejecita nos indicó qué bus necesitábamos para dirigirnos a Vejle. El trayecto en bus fue muy bonito. Prados verdes ahora pintados de blanco, casitas individuales de madera y cada cual de un color más colorido, poco ambiente en las calles heladas.   [singlepic id=17 w=260 h=180 float=right]

Al llegar nos dirigimos a la estación de tren a enterarnos de los horarios, donde compramos un billete de ida y, vuelta a los 3 días, a la capital.

Fueron 4 horas de tren cruzando primero los 8 km del estrecho canal, el pequeño Belt, que separa la isla de Fiona de la península de Jutlandia; para llegar después a Nyborg, desde donde se cruza el Gran Belt, el puente-túnel de 17,5 km de largo con autopista de cuatro vías y vía para el ferrocarril que une Fiona con Sjaelland; pasando previamente por Odense, capital de la isla de Fiona y disfrutamos del maravilloso paisaje siempre nevado, pero esta vez con el mar de fondo. Inspiraba frío, soledad y si no llega a ser por el sol que brillaba en lo alto, tristeza. [singlepic id=14 w=260 h=180 float=right]

Éste fue nuestro recorrido:

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Copenhague no defraudó. Sus canales coloridos, sus barcos de madera, sus islistas, su frío polar en pleno invierno, sus puentes para cruzar los tantos canales que la rodean, su gente fría pero amable, su sirenita y sus parques.

Es una ciudad que invita a la vida tranquila. A las 4 de la tarde todo está cerrado. Las calles se vacían, los canales se iluminan y no quedan más que algunos intrépidos extranjeros paseando por las heladoras calles.

Nos hospedamos en una casa particular con la que habíamos contactado previamente por internet y en carácter de bed&breakfast. Con un servicio genial, la cocina a nuestra disposición para hacer lo que quisiéramos y un juego de llaves para entrar y salir a nuestras anchas.

Estaba situado muy cerca de la Ciudad libre de Christiania, barrio en el que se rigen por sus propias normas, en el que abundan los coffee shops, los almacenes reconvertidos en salas de recreo, las casitas de colores, guarderías para los peques del barrio y algunas tiendas de souvenirs, pues ahora es un lugar de visita obligada si vas a Copenhague.

Visitamos todos los puntos de interés que no puedes perderte en Copenhague: el moderno edificio de la Ópera; el Tivoli, unos de los parques de atracciones más antiguos del mundo; el palacio de la familia real, Palacio Amalienborg; y el famoso distrito de Canales de Nyhavn, muy concurrido y lleno de bares y restaurantes. Además de la ya citada Sirenita, que nos la habíamos imaginado más grande y espectacular.

La última noche la pasamos en Vejle pero un poco desubicadas. Lo cierto es que llegamos allí a las 5 de la tarde y nuestra intención era ir en busca de un albergue juvenil donde pasar la noche pues a la mañana siguiente salía nuestro vuelo de vuelta a Barcelona.

El caso es que para cuando llegamos, la oficina de turismo había cerrado ya, pues como he comentado, a las 4 de la tarde las ciudades danesas se cierran al público. No encontramos el albergue que habíamos buscado en internet y rondamos por las calles en busca de un hotel baratito que no hallamos. El tiempo pasaba y eran las 8 de la noche sin tener techo donde dormir y siguiendo buscando uno de los 3 albergues que hay en la ciudad. Al final preguntamos y después de unas cuantas respuestas dubitativas, encontramos la respuesta, el albergue que buscábamos estaba a las afueras de la ciudad, había que coger una serie de buses pues estaba perdido en medio de la montaña. Y allí fuimos a parar, llegando bastante tarde, todo oscuro, pasando por barrios desolados, oscuros y fríos. Nosotras; calladas, cansadas y con ganas de tener un sitio donde pasar la noche. Al llegar el albergue estaba cerrado. Llamamos y lo abrieron para nosotras y una pareja de obreros que hacían tiempo en su furgoneta a que llegaran los dueños del albergue a abrirlo.

Al final ahí nos quedamos, en medio de la nada, sin nada  que comer, pagando más de lo que esperábamos y cansadas del día. Salimos a eso de las 10 de la noche en busca de un supermercado o alguna gasolinera donde comprar algo que comer, cosa que no encontramos. Pero sí fuimos a dar con un danés simpático que cortaba leña en su porche, que al preguntarle por algún sitio donde comprar algo para comer, nos ofreció su propia comida. Al cabo de 5 minutos salió con una bolsa de comida para nosotras. Y agradecidas volvimos al albergue donde por fin vimos una luz en las últimas 5 horas del día.

Dinamarca merece la pena!